Bogotá, 8 de mayo de 2026. En el marco del tercer aniversario del fallecimiento del maestro violinista y pedagogo Mauricio Cristancho Hernández, Cristancho Play rinde homenaje a una de las figuras más importantes en la construcción de la música de cámara y la formación académica musical en Colombia, reafirmando el valor histórico, humano y artístico de un legado que continúa vivo en generaciones de músicos dentro y fuera del país.
Aunque parezca imposible de explicar, durante las últimas horas de vida del maestro Francisco Cristancho Hernández, ocurridas el 5 de mayo de 2023, hubo un nombre que repitió constantemente: “mi hermano”. En medio de la despedida, su pensamiento regresaba una y otra vez a Mauricio Cristancho Hernández, a su violín, a la orquesta y a aquellos solos que juntos construyeron durante décadas en la historia de la Orquesta Colombiana y de “La Cristancho”, como durante años fue conocida su escuela y proyecto musical.
Para quienes estuvieron presentes aquella noche, era evidente que no hablaba solamente de un hermano de sangre. Hablaba también de un compañero de vida, de música y de construcción artística. “Él ya debe descansar”, repetía mientras afrontaba la conciencia de la dura enfermedad que atravesaba Mauricio en sus últimos meses.
Tres días después, el 8 de mayo de 2023, Mauricio Cristancho Hernández también partió.
Con ello se cerró uno de los capítulos familiares y musicales más importantes en la historia reciente de la música colombiana.
Nacido en Bogotá en 1946, en el seno de una familia profundamente ligada a la música, Mauricio Cristancho Hernández inició su formación desde muy temprana edad bajo la guía de su padre, el maestro Francisco Cristancho Camargo. Desde niño demostró una sensibilidad y disciplina excepcionales hacia el violín, instrumento que marcaría toda su vida artística.
Su hermano Francisco solía recordar episodios de la infancia compartida con una memoria extraordinaria: viajes, juegos, accidentes domésticos y pequeños momentos familiares que con el tiempo se transformaron en símbolos de una relación profunda y genuina. Recordaba incluso un accidente ocurrido en Brasil, cuando siendo niños cerró accidentalmente una puerta sobre la mano de Mauricio en medio de la euforia y el desorden propio de la edad. Eran recuerdos simples, pero revelaban la cercanía y la intensidad de un vínculo construido desde la infancia.
Con el paso de los años, ambos desarrollaron personalidades distintas. Francisco tenía un espíritu más bohemio y expansivo; Mauricio, aunque lejos de ser rígido, mantenía una disciplina y un orden meticuloso que terminarían siendo determinantes en su carrera internacional. Esa diferencia de temperamentos nunca debilitó la conexión entre ambos; por el contrario, definió dos maneras distintas de vivir la música desde una misma raíz familiar.
Desde muy joven, Mauricio construyó una trayectoria excepcional. Ingresó al Conservatorio Nacional de Música en 1959 y perfeccionó su formación con maestros de reconocimiento internacional como Ernesto Díaz, Edward Preodor, Alberto Lysy y Henryk Szeryng. Su talento lo llevó rápidamente a convertirse en Concertino Asociado de la Orquesta Sinfónica de Colombia y posteriormente en integrante de la prestigiosa Camerata Bariloche, una de las agrupaciones de cámara más importantes del continente en su época.
Aquella etapa internacional estuvo marcada por historias de enorme sacrificio personal. En su entorno familiar se recordaban episodios difíciles, como los periodos en los que estudiaba incluso en baños de trenes mientras preparaba audiciones definitivas para consolidar su lugar dentro de la Camerata Bariloche. Su vida artística estuvo atravesada por la disciplina absoluta, la exigencia permanente y la convicción de que la música era un compromiso total.
Durante esos años realizó giras por más de 23 países de América, Europa y Asia, llevando la música colombiana y latinoamericana a escenarios internacionales de gran relevancia. Paralelamente, continuó ampliando su formación en países como Japón, Austria e Italia.
Sin embargo, uno de los aportes más trascendentales de Mauricio Cristancho Hernández fue su compromiso con la educación musical en Colombia. Junto a su hermano Francisco, consolidó procesos formativos fundamentales dentro del Centro de Orientación Musical Cristancho, institución que marcó la formación de generaciones de músicos en Bogotá y que posteriormente evolucionaría en distintos proyectos pedagógicos y culturales.
A lo largo de las décadas surgieron múltiples versiones y especulaciones alrededor de la separación profesional entre ambos hermanos dentro de “La Cristancho”. La realidad, sin embargo, fue mucho más humana y sencilla: cada uno tomó caminos distintos sobre cómo debía evolucionar el proyecto musical y pedagógico que habían construido. Existieron diferencias artísticas y de visión, como ocurre en cualquier proceso creativo profundo, pero jamás dejaron de hablarse ni de estar pendientes el uno del otro.
Esa conexión nunca desapareció.
Mauricio siguió acompañando la vida y los procesos de Francisco, y Francisco nunca dejó de admirar profundamente los logros de su hermano. En los últimos años de vida del maestro Francisco Cristancho Hernández, gran parte de su preocupación diaria giraba precisamente alrededor del deterioro de salud de Mauricio y de la impotencia humana frente a enfermedades que ninguno de los dos podía detener.
Cada uno vivió la música desde su propia naturaleza. Cada uno enfrentó la vida desde su carácter. Pero permanecieron unidos por aquello que construyeron juntos: una visión musical, una escuela y una historia familiar que transformó la formación artística en Colombia.
Además de su carrera como intérprete, Mauricio Cristancho Hernández fundó la Fundación Cristancho en 1982 y posteriormente creó la Camerata Cristancho, agrupación dedicada a la divulgación de la música de cámara y al fortalecimiento de nuevos talentos. Su labor pedagógica se extendió durante décadas a través de talleres, programas de formación, festivales y procesos académicos que continúan teniendo impacto en la actualidad.
Como violinista, director y maestro, dejó una huella imborrable en instituciones, agrupaciones y músicos que hoy mantienen viva su visión artística. Su legado permanece no solamente en grabaciones, conciertos y partituras, sino también en la memoria de cientos de estudiantes formados bajo una filosofía basada en la disciplina, el rigor musical y el respeto profundo por el arte.
A tres años de su partida, Cristancho Play honra la memoria de Mauricio Cristancho Hernández no solo como un músico excepcional, sino como una figura esencial en la historia cultural del país y en la vida de quienes compartieron con él la construcción de una tradición musical que sigue vigente.
“Las muertes de ambos fueron como ellos mismos fueron”, recuerda hoy su familia. “El telón debía cerrarse para los dos, y así ocurrió”.
Hoy, su legado continúa vivo en cada escenario, en cada alumno y en cada obra que aún resuena gracias al trabajo de dos hermanos que dedicaron su vida entera a la música colombiana.
Contacto de prensa:
Cristancho Play
[email protected]
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