ESTÉTICA DE LA DESIGUALDAD


Un ensayo sobre arte, poder y humanidad.


Si esto es ser artista, paso
Por Andrés Francisco Cristancho C.


Ya no sé qué creer de la humanidad.
Nos llenamos la boca hablando de arte, sensibilidad, conciencia y cultura, pero basta observar ciertos escenarios del mundo contemporáneo para preguntarse si realmente avanzamos o simplemente sofisticamos la misma desigualdad de siempre. La famosa Met Gala, por ejemplo, se presenta como una celebración artística, pero muchas veces parece una vitrina de ostentación desmedida donde el poder necesita exhibirse para existir. Vestidos imposibles, piedras millonarias, lujo extremo y discursos sobre creatividad mientras el mundo presencia guerras transmitidas en vivo, desplazamientos, hambre y genocidios que ya ni siquiera logran detener la rutina de las redes sociales.


A veces pienso que seguimos viviendo bajo una lógica monárquica, solo que ahora en resolución 8K.
La riqueza continúa midiéndose en dinero, en exclusividad y en acceso. Y el arte, en muchos casos, termina funcionando como la justificación estética de ese exceso. Hoy todo parece poder convertirse en “arte”. Un silencio, una taza, una provocación, una campaña de marketing o un escándalo viral. Las universidades, las industrias culturales y las tendencias han expandido tanto el concepto que a veces pareciera que la palabra perdió gravedad. ¿Entonces qué es realmente el arte? ¿Por qué algo puede catalogarse automáticamente como arte solo por estar dentro de ciertos círculos culturales o económicos? ¿Por qué el silencio de alguien famoso se vuelve una experiencia artística mientras la vida entera de millones de personas permanece invisible?


Y entonces me pregunto: ¿qué es realmente el arte?
En mi vida he estado rodeado de músicos de oficio. Personas que dedicaron su existencia entera a interpretar, estudiar y trabajar la música con disciplina absoluta, pero sin necesidad de proclamarse “artistas” a cada instante. Vivían de ello. Respiraban ello. Su legado todavía existe en el sonido que dejaron. El arte estaba implícito en su manera de hacer las cosas, no en la necesidad de anunciarlo.
Recuerdo una frase de mi padre: “interpreta como si fueras un artista”.
Nunca la entendí como arrogancia. Todo lo contrario. Era una invitación al cuidado, a la profundidad y al respeto por el oficio. Ser artista no era sentirse superior. Era asumir con responsabilidad aquello que uno hacía. Interpretar bien. Hacerlo con verdad. Y, si era posible, lograr subsistir dignamente gracias a ello.
Por eso me cuesta entender ciertos escenarios actuales donde la crueldad también se disfraza de arte. Pieles de animales, joyas imposibles, diamantes que valen fortunas mientras existen personas muriendo en minas para extraerlos. El esclavo moderno sigue existiendo, solo que ahora quedó fuera del encuadre de la fotografía principal. Y aunque el cine, los libros y los documentales nos han mostrado esas realidades durante décadas, seguimos justificando el exceso porque siempre habrá alguien dispuesto a desear una nueva piedra, un nuevo símbolo de estatus o una nueva validación pública.


La sangre sigue ahí.
El hambre sigue ahí.
La pobreza sigue ahí.


Y aun así existen quienes hablan de “la elección de ser pobre”, como si la desigualdad fuera simplemente una decisión individual y no una estructura histórica profundamente violenta.
Eso es lo que más me inquieta: cómo el arte termina usándose muchas veces como excusa moral para no mirar el daño alrededor. Todo queda registrado, iluminado, fotografiado y convertido en contenido. El sufrimiento humano convive con la alfombra roja como si fueran dos realidades separadas. Y quizá lo más aterrador es que ya nos acostumbramos.
Mientras tanto, repetimos ciclos históricos enteros. Cambian los nombres, cambian las banderas y cambia la tecnología, pero la lógica de destrucción permanece. En nuestras tierras se exterminaron pueblos enteros justificando la barbarie con textos sagrados, discursos civilizadores y relatos escritos por los vencedores. Lo ocurrido en las Antillas, en los territorios indígenas de América y en el Imperio mexica no fue un “encuentro cultural”; fue también destrucción, sometimiento y exterminio. Un genocidio que ayudó a consolidar la idea de jerarquías humanas basadas en el origen, la sangre y el color de piel, lógica que siglos después seguiría alimentando sistemas de esclavitud, segregación y racismo. Y quizá una de las tragedias más absurdas de nuestra historia es que todavía existan mentes capaces de creer que el valor de una persona puede medirse por su raza, cuando precisamente esas divisiones nacieron de procesos de dominación construidos para justificar poder, saqueo y violencia.


Hernán Cortés no llegó a un territorio vacío. Llegó a una de las civilizaciones más complejas y avanzadas del continente: el Imperio mexica. Tenochtitlan no era ruina ni salvajismo; era una ciudad monumental construida sobre sistemas hidráulicos, calzadas y estructuras urbanas que asombraron incluso a los propios europeos. Cholula poseía templos, rituales, conocimiento y organización social profundamente complejos antes de convertirse en escenario de masacres justificadas por la ambición y el fanatismo. Y lo más perverso es que después se impuso la idea de que aquellas culturas necesitaban ser “civilizadas”, cuando muchas de ellas ya poseían sistemas políticos, religiosos, astronómicos y artísticos avanzados siglos antes de la llegada española. Fueron pueblos completamente distintos a los taínos y caribes del Caribe, y aun así terminaron unidos bajo un mismo proceso de exterminio y sometimiento que la historia terminó maquillando bajo el nombre de “descubrimiento de América”.


Y sí, también existían guerras y violencia entre pueblos indígenas. Pero incluso allí existían códigos rituales, sistemas de honor y estructuras espirituales alrededor de la guerra y del poder. Lo que ocurrió después fue otra cosa: la destrucción sistemática de culturas enteras bajo la lógica de que una civilización tenía derecho absoluto sobre otra. Templos destruidos. Dioses prohibidos. Memorias borradas. Oro saqueado. Y luego la historia escrita por quienes vencieron. El problema no fue únicamente la guerra; la guerra ha existido siempre. El problema fue la aniquilación cultural, la imposición religiosa y la idea de superioridad que permitió justificar genocidios enteros mientras se hablaba de evangelización y progreso. Se destruyeron templos sobre los cuales luego levantaron iglesias. Se prohibieron lenguas. Se persiguieron símbolos espirituales. Y todavía hoy muchas personas repiten la fantasía de que América “nació” gracias a Europa, como si antes no hubieran existido imperios, ciudades, conocimiento, comercio, arte y pensamiento complejo en estas tierras.
En nuestra latitud el impacto directo tuvo otras dimensiones, pero en territorios como Perú ocurrió algo similar con otra de las grandes civilizaciones del continente: el Imperio inca. Aquella fantasía de que “gracias a ellos existimos” ignora que nuestras tierras ya estaban vivas mucho antes de la colonización y que seguían creciendo culturalmente cuando fueron intervenidas violentamente. Existen paralelos hermosos con nuestro pasado precolombino en relatos como la leyenda de la Laguna de Guatavita, en las tradiciones muiscas, en los sonidos indígenas, en los rituales y en las formas de entender la naturaleza y la espiritualidad. Y quizá por eso todo esto también conecta conmigo desde la música. Desde mi abuelo, mi familia ha trabajado alrededor de la memoria sonora latinoamericana, entendiendo que preservar la música también es resistir al olvido. Porque el arte no solo está en una gala o en un museo: también está en aquello que un pueblo decide no dejar morir.


Hoy seguimos viendo tragedias humanas justificadas desde otros lenguajes políticos, mediáticos o militares. Gaza, las invasiones modernas, las guerras económicas y los genocidios transmitidos en tiempo real parecen demostrar que el ser humano continúa encontrando nuevas formas de justificar la deshumanización. Todo ocurre más rápido, más visible y más normalizado. Y muchas veces, igual que en el pasado, la violencia vuelve a esconderse detrás de discursos morales o religiosos pronunciados en nombre de Dios. Por eso quizá valdría más la pena estudiar verdaderamente figuras como Jesús de Nazaret antes que usar la fe como permiso para legitimar odio, conquista o destrucción.
Y nosotros seguimos llamándonos humanos.


Siempre entendí la palabra “humanidad” como un conjunto de valores reales: bondad, empatía, justicia, capacidad de cuidar al otro. No como esa falsa idea de “gente de bien” que muchas veces solo sirve para ocultar egoísmo o indiferencia. Pienso incluso en aquella metáfora religiosa del purgatorio: cometer atrocidades, arrepentirse al final y esperar absolución. Equivocarse, rezar y continuar. Matar, colonizar, destruir y luego dejar testamentos buscando redención espiritual. Existen registros históricos de conquistadores e invasores que, al regresar a España, dejaban en sus testamentos pequeñas compensaciones o disposiciones dirigidas a víctimas, descendientes o instituciones religiosas por temor al purgatorio y al castigo eterno. Y a veces siento que esa lógica sigue viva: cometer abusos, destruir vidas, sostener sistemas injustos y luego creer que basta una oración o un gesto simbólico para quedar moralmente absuelto.


A veces siento que seguimos exactamente en lo mismo.
Y en medio de todo esto aparece otra inquietud: la inteligencia artificial. Para muchos es progreso; para otros, una amenaza. Para mí, a veces se parece a la Encarta de mi infancia: una enorme acumulación de información lista para entregarnos respuestas inmediatas, muchas veces acomodadas a lo que queremos escuchar. Y aunque tiene un potencial inmenso, también puede alejarnos del proceso más importante del arte y del conocimiento: la búsqueda humana, la investigación, la duda y la construcción de criterio propio.
Así como los medios muestran tendencias y moldean narrativas, la inteligencia artificial también comienza a hacerlo. Nos conoce. Aprende de nosotros. Nos devuelve información filtrada según nuestros hábitos y deseos. Y aunque puede ser extraordinaria, también puede alejarnos de aquello que hace valioso al arte: la experiencia humana irrepetible, la contradicción, la sensibilidad y la búsqueda real de sentido.
Soy músico. Y quizá por eso esta contradicción me atraviesa tanto.


Llevo años sintiendo una incomodidad profunda frente a muchas dinámicas del sistema que domina el oficio artístico. La desigualdad, la banalización y la explotación disfrazada de oportunidad. Muchas veces esa frustración incluso me hace cuestionar aquello que más amo hacer: música.
Alguien alguna vez me dijo: “¿Y tú qué puedes hacer frente a todo eso?”.
Quisiera responder que mucho. Quisiera creer que sí podemos cambiar las cosas. Pero también existe una parte de mí que entiende la impotencia de vivir dentro de estructuras gigantescas que parecen repetirse generación tras generación.
Y aun así sigo creyendo que algo permanece.


La música hizo soportable el dolor de los esclavos. Eso era arte. No un lujo. No una alfombra roja. No una estrategia de marketing. Era necesidad humana. Era resistencia. Era compañía. Era vida.
Y quizá por eso mismo también entiendo mi propia contradicción con ciertos espacios de la música llamada “clásica” o sinfónica, música que profundamente amo. Hay algo majestuoso en ella, algo inmenso, espiritual y humano. Pero muchas veces esa experiencia cambia cuando aparece todo el aparato social que la rodea: la apariencia, el protocolo, la necesidad de aparentar estatus, silencio o pertenencia. Después de tantos siglos de supuesta evolución seguimos entrando a ciertos escenarios bajo códigos rígidos donde pareciera que el arte termina condicionado por cómo se viste alguien, cómo habla o cuánto dinero tiene. Incluso dentro de la música existe una sectorización dañina que divide lo “culto” de lo “popular”, lo “elevado” de lo “comercial”, alejando la experiencia artística de aquello que debería unirnos.


Tengo una profunda admiración por compositores y músicos completamente distintos entre sí, desde Richard Wagner hasta Carl Orff, o incluso Diomedes Díaz. Lo que me conmueve es aquello que su música produce en mí. Y sí, probablemente esa admiración cambia o se vuelve más contradictoria cuando uno conoce mejor quiénes fueron, las ideologías que tuvieron o las estructuras de poder que los rodearon. Pero aun así eso no elimina necesariamente el impacto real de sus obras. La música sigue teniendo una capacidad extraña de sobrevivir incluso a las contradicciones humanas de quienes la crean.


Y la contradicción se vuelve todavía más incómoda cuando recordamos que grandes compositores, directores e instituciones artísticas también convivieron con regímenes autoritarios, guerras y estructuras de poder profundamente violentas. La belleza artística no vuelve automáticamente virtuoso al ser humano. Y quizá ahí aparece una de mis preguntas más profundas: ¿en qué momento el arte dejó de ser un puente humano para convertirse también en una forma de clasificación social? ¿Qué estamos haciendo cuando incluso la música termina separando personas en lugar de acercarlas?


Hace tres meses sentí una de las pérdidas más duras de mi vida después de la muerte de mi padre: la partida de mi perrita, Linda María. Y entendí algo profundamente simple. Para mí, ella representaba una forma de arte vivo. Su manera de existir, su carácter y aquello que generaba alrededor suyo me enfrentaban constantemente a una idea incómoda: ¿puede un animal llegar a ser más justo que el hombre? Era una presencia que transformaba el espacio, el ánimo y el dolor. Trece años de amor absoluto. Una fotografía, un recuerdo, una carta o una despedida también pueden convertirse en una obra de arte cuando contienen verdad humana. O, al menos, eso es lo que hoy me mueve a entender por esa palabra.
Ella fue una obra de arte en mi vida no porque alguien la exhibiera, no porque tuviera valor económico ni porque una institución decidiera catalogarla así, sino porque transformó mi existencia. Ahí comprendí que el arte real muchas veces no se anuncia. Simplemente ocurre.
Hoy, solo quise escribir esto.

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Desahogarme en medio del ruido, de las noticias, de mis propias contradicciones y de pensamientos que a veces también me asustan. Quizá mañana piense distinto en algunas cosas. Quizá no. Pero estos son mis pensamientos de este momento.
Un solo vestido de una gran gala podría cambiar la vida de muchas personas.
Si puedes ayudar, ayuda.
Si puedes pagar bien, paga bien.
Guarda la cámara.


Porque quienes sostienen el mundo rara vez son quienes aparecen celebrándolo. Porque a veces la ayuda deja de ser humana cuando necesita convertirse inmediatamente en contenido, reconocimiento o validación pública. Hay gestos que deberían existir simplemente porque alguien los necesitaba, no porque alguien quisiera exhibirlos.
Ellos, nosotros, todos, no trabajamos motivados por el éxito de alguien más; trabajamos esperando que ese éxito permita sostener el bienestar de quienes amamos y de nosotros mismos. Hace poco escuchaba a alguien cercano hablar con angustia porque una persona de su equipo había renunciado. Decía que no tenía compromiso, que cómo era posible abandonar el proyecto. Entonces le pregunté algo muy simple: “¿Es bueno?”. Me respondió: “Es el mejor”. Y lo único que le dije fue: “Vuélvelo socio”. Allí terminó la conversación. Porque en el fondo aquella persona no necesitaba al mejor; necesitaba a alguien subordinado. Y quizá ahí aparece una diferencia enorme entre la vanidad y la humanidad: entender que las personas no existen únicamente para sostener los sueños de otros mientras sacrifican los propios.
Mi abuelo le decía a mi padre algo que terminó llegando también a mí. Cuando notaba en él alguna alarma, frustración o envidia frente al éxito ajeno, le repetía una frase profundamente sencilla: “el aire es para todo el mundo”. Mi padre después me la decía a mí. Y con los años uno empieza a entender el peso real de esas palabras. En medio de esa lucha constante contra los demonios internos —el ego, la comparación, el resentimiento, la necesidad de validación— aparece lentamente la comprensión de que el bienestar ajeno no debería sentirse como amenaza. Hay espacio para todos. El problema es que vivimos dentro de sistemas que nos enseñan exactamente lo contrario.


La empatía sigue siendo la única posibilidad real de humanidad que encuentro.
Y quizá lo más importante sea entender que nuestros errores no tienen por qué convertirse en identidad. No deberíamos justificar nuestras peores versiones diciendo “así soy”. El ego repetido termina convirtiéndose en verdad, casi como propaganda, al mejor estilo de Joseph Goebbels. Pero las personas pueden cambiar. Las sociedades también.
Porque si esto es ser artista, entonces paso.

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